OS LUSÍADAS (CANTO Segundo LXXII A LXXIX)
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LXXII.
Era en el tiempo alegre, cuando entraba
De Europa al robador la luz Fébea,
Y el uno y otro cuerno le contaba,
Y derramaba Flora el de Amaltéa.
La memoria del dia renovaba
El sol, que al cielo rápido rodea.
En que el autor que todo lo dispuso,
Á cuanto habia hecho el sello puso.
LXXIII.
Y llegaba la armada á aquella parte
Dó el Reino de Melinde ya se via,
De alegres toldos puesta de tal arte,
Que bien muestra estimar santo dia:
Flota al viento bandera y estandarte
Que purpúreo color lejos lucia:
Suenan los atambores y panderos:
Y así entraban alegres los guerreros:
LXXIV.
Llénase la ancha playa Melindana
De los que van á ver la alegre flota,
Gente mas verdadosa y mas humana
De cuanta atras dejaba en su derrota.
Surge al frente la armada Lusitana
Con el ancla lanzada el mar azota;
Y uno va de la nave antes cogida,
Á prevenir al Rey de su venida.
LXXV.
El Rey que la lealtad sabe de cierto
Que al Portugués espíritu engrandece,
Se complace de verlos en su puerto
Cuanto la gente altísima merece:
Y con la fe y el corazon abierto
Que ánimos generosos ennoblece,
Les suplica desciendan á su tierra,
Y que dispongan de cuanto ella encierra.
LXXVI.
Ofrecimientos eran verdaderos,
Y palabras sinceras, no amañadas,
Las del Rey á tan dignos caballeros,
Que tienen tantas aguas navegadas.
Y les manda lanígeros carneros,
Y gallinas domésticas cebadas,
Y las frutas que entonce en tierra habia;
Y el modo aun á la dádiva escedia.
LXXVII.
Recibe el Capitan ledo y seguro
Al mensajero alegre y su recado;
Y manda luego al Rey otro, no oscuro,
Que traia de lejos preparado:
Purpurina color de fuego puro,
Y ramoso coral fino y preciado,
Que bajo de las aguas blando crece,
Y estando fuera de ellas se endurece.
LXXVIII.
Mándale uno ademas de habla elegante
Que paces con el Rey instituyera,
Y que, de no bajar en el instante
Á verle, sus disculpas le ofreciera.
Con tal mision el nuncio bien parlante,
En cuanto al Moro á presentarse fuera,
Con estilo, que Palas le enseñaba,
Estas palabras fácil pronunciaba:
LXXIX.
«Alto Rey, á quien fue del cielo puro
Por la justicia suma concedido
Refrenar al soberbio pueblo duro,
Del que eres tan amado cuan temido:
Como amparo muy fuerte y muy seguro,
Y del Oriente todo conocido,
Venímoste á buscar, para que hallemos
En tí el remedio cierto que queremos.
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