OS LUSÍADAS (Canto Primero XXII A XXVII)
XXII.
Estaba el padre allí sublime y dino
Que vibra el fiero rayo de Vulcano,
En asiento de estrellas cristalino,
Con semblante severo y soberano:
Exhalaba del rostro aire divino,
Que en divino tornára un cuerpo humano,
Con corona y el cetro rutilante,
De otra piedra más clara que el diamante.
XXIII.
Más abajo, en asientos tachonados,
De perlas y oro lúcidos, estaban
Todos los otros dioses asentados,
Según saber y juicio demandaban.
Los antiguos preceden honorados:
Los menores tras ellos se ordenaban;
Y aquí Júpiter alto, de este modo
Dijo, y llenó su voz el cielo todo:
XXIV.
«Eternos moradores del luciente
Estrellífero polo y claro asiento,
Si del esfuerzo grande de la gente
Lusa no habéis quitado el pensamiento,
Recordaréis que existe permanente,
De los hados escrito anunciamiento;
Por el que han de olvidarse los humanos
De Asirios, Persas, Griegos y Romanos.
XXV.
«Ya les fue, bien lo visteis, concedido,
Que un poder, de recursos poco lleno,
Tomase Máuro fuerte y guarnecido
Todo el suelo que riega el Tajo ameno:
Y luego le asistió, contra el temido
Castellano, favor alto y sereno:
Así que siempre, en fin, con fama y gloria,
Victoria consiguió tras de victoria.
XXVI.
«Dejo, Dioses, la fama que, no exigua,
Sobre la grey de Rómulo alcanzaron,
Cuando con su Viriato, en esa antigua
Romana guerra, tanto se afanaron:
Y también la memoria, que atestigua
El valor de su nombre, cuando alzaron
Por jefe a un capitán que peregrino,
Simuló en Cierva espíritu divino.
XXVII.
«Y hora mismo admiráis que acometiendo
Al inconstante mar, a más se atreve,
Por vías nunca usadas, no temiendo
Iras de Áfrico y Noto, en tabla leve:
Que ya, de dominar no poco habiendo
Donde larga es la luz y donde es breve,
Dirigen su propósito y porfía
A ver la cuna donde nace el día.
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