OS LUSÍADAS (Canto Segundo LXXX A LXXXVIII)
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LXXX.
«Robadores no somos que, pasando
Por las flacas ciudades descuidadas,
La gente á fierro y fuego van matando,
Por robar sus haciendas codiciadas;
Sino que desde Europa navegando,
Vamos buscando tierras apartadas
Del Indo grande y rico, por decreto
De un Rey que habemos de alto y gran respeto.
LXXXI.
«¡Qué raza hemos hallado ¡oh Dios! de gente
¡Que uso y costumbre de tan torpe laya,
Que no el puerto nos vedan solamente,
Sino hasta el suelo de desierta playa!
¿Qué daño de nosotros se presiente,
Que de tan pocos á temerse vaya,
Y en hundirnos se empeñen y perdernos,
Con astucia robada á los infiernos?
LXXXII.
«Mas tú, de quien seguros confiamos
En más recta verdad, ¡oh Rey benino!
Tú, de quien el auxilio aquel buscamos
Que el Ítaco estraviado hubo de Alcino:
Á tu puerto tranquilos aportamos,
Conducidos de intérprete divino;
Que pues á tí nos manda, es bien seguro
Que es sincera tu fe, tu afecto puro.
LXXXIII.
«Y no cures, Señor, de que no venga
El nuestro Capitan esclarecido
Á verle ó á servirte por que tenga
Sospecha de que tu ánimo es fingido:
Mas sabe que así lo hace por que obtenga
Completa ejecución lo prevenido
Por su Rey, que le manda que, en su viaje,
A ningun puerto de las náos baje.
LXXXIV.
«Y como á los vasallos es propicio
Que gobierne los miembros la cabeza,
No querrás, pues de Rey tienes oficio,
Que faltemos del nuestro á la entereza.
Mas al favor y al alto beneficio
Que ora halla en ti promete con firmeza,
Que en gratitud los Lusos no declinen
Mientras los rios á la mar caminen.»
LXXXV.
Así decia; y todos juntamente
Unos con otros en corrillo hablando.
Loaban el esfuerzo de la gente,
Que tanto cielo y mar iba pasando;
Y el Rey ilustre el ánimo obediente
Del Luso, entre sí mismo, contemplando,
Tenia por valor grande, y subido,
El de Rey de tan lejos bien servido.
LXXXVI.
Y con vista risueña y franco pecho
Así al embajador dice y anima:
«Cual de vosotros yo nada sospecho,
Que en vosotros ningun temor se imprima,
Pues vuestras obras y valor derecho
Os dan del mundo á merecer la estima;
Y quien os cause daño y sufrimiento,
Mal tener puede alzado pensamiento.
LXXXVII.
«De no á tierra venir toda la gente,
Por no excederse de la real licencia,
Si verdad es que mi amistad lo siente,
Tengo en mucho, yo Rey, tanta obediencia;
Y pues que vuestra ley no lo consiente,
Tampoco quiero yo que la escelencia
De pueblo tan leal caiga en desvío,
Solo por complacer al gusto mio.
LXXXVIII.
«Así cuando la pura luz llegada
Fuere al mundo, en mis leves almadías,
A visitar iré la fuerte armada,
Que tanto ver anhelo há tantos dias.
Y si viene del mar muy maltratada,
De adversos vientos, de penosas vias,
Pilotos, municiones, armamentos,
Aquí tendrá, con limpios pensamientos.»
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