un lunes o un martes

Aún andaba el mundo sumido en un mar de comentarios, por el reciente asesinato del presidente Kennedy, cuando mataron al hijo de Trina Josefa…

Trina estaba planchando dentro de su rancho cuando oyó el pacatán… pacatán… y sin saber por qué se encontró pensando: «Mataron a Carlucho.»

Instintivamente se quitó las chancletas, y se calzó los zapatos mientras el pacatán… pacatán… de los disparos proseguía resonando dentro de su cabeza con el estrépito de un autobús despeñado.

Casi de inmediato tocaron a la puerta.

Trina la abrió como si se observara dentro de un sueño.

Afuera, resollando, estaba Chuíto, su ahijado.

– «Madrina, que Carlucho está tirado allá abajo… Que como que está muerto.»

Trina Josefa se llevó las manos al cabello tratando de alisárselo, y echó a andar cerro abajo seguida por su ahijado.

Con los ojos mirando a nadie, y sobre un terreno igual de disparejo a los tres dientes que le asomaban por la boca estaba Carlucho inmóvil. Trina Josefa vio la mancha roja que crecía circularmente debajo del cuerpo de su hijo, y se acordó de la aureola de luz que seguía a los artistas por el escenario, en el musical televisivo del mediodía.

Los cuarenta y tantos vecinos, que empezaban a rodear a Carlucho, al notar la presencia de Trina Josefa, aguardaron por el drama.

Pero se quedaron con los crespos hechos. Pues Trina ni gritó, ni lloró, ni se desmayó, solamente envolvió a Carlucho en una mirada sin lágrimas.

Fue tanta la intensidad de aquella mirada, que algunos de sus vecinos llegaron a pensar que la tragedia había trastornado a la mujer. Entre tanto, un silencio total pareció haberse adueñado del mundo.

Cuatro hombres, como brotados de la tierra, patearon la mudez al gritar mientras recogían el cuerpo del muchacho, «¡Coño! Pero van a dejar que se desangre.»

Seguidos de un perro, los hombres se atropellaron cerro abajo.

Trina Josefa, sin mirar a nadie, empezó a andar detrás del cortejo, pero los hombres y el perro pronto se le perdieron de vista.

– «Lo llevan para el hospital» -dijo alguien a sus espaldas-. «A lo mejor lo salvan.»

Trina continuó descendiendo sin que su rostro dejara adivinar la rabia que la embargaba. Rabia contra aquel Carlucho que la había atormentado a lo largo de sus diecisiete años de vida.

Cada trasnocho, cada sobresalto, tenía al final el nombre de Carlucho.

«La he mandado a llamar, para notificarle que su hijo no puede continuar en esta escuela, señora.»
«Mira, negra maldita, ¿hasta cuándo carajo va a estar tu hijo echándonos vaina?»
«Mamá, por ahí están diciendo que fue Carlucho el que robó el abasto del portugués.»
«Se lo vamos a entregar bajo su responsabilidad, pero la próxima tendrá que buscarlo en el tribunal de menores.»

Y ella siempre presente, con sus zapatos gastados; escondiendo el temor detrás de la mirada altanera. Pero secretamente preocupada porque no la fueran a despedir del restaurante por las continuas ausencias y retardos.

– «Carlucho, Carlucho, vas a acabar con mi existencia, hijo.»
– «Yo no hice nada, mamá. Es que el policía ése la cogió conmigo.»
– «Igual que cuando te agarraron con la cartera de Vicenta.»
– «Pero bueno, si usted no me cree ¿para qué me saca pues? Déjeme aquí, yo no le pedí que viniera.»
– «Igualito estoy pensando yo. A Francisco le di la misma crianza que a ti, y no se puede decir que yo tenga una cana por él.»

Ella con su mejor falda que, sin embargo, dejaba ver en algunas costuras un hilo desigual y de color diverso. Y él, Carlucho, con camisa y pantalón nuevos que no lograban quitarle a los ojos de Trina Josefa, su aire de pasticho servido en plato de peltre.

– «Claro, Francisco es su preferido. El hijo de puta soy yo.
Carlucho. Desde que ella lo parió fue la misma cantaleta. “Que si Carlucho me pegó con un palo.” “Que si Carlucho me robó mis metras.” “Que si me está tirando piedras en el techo, Carlucho.” “Que se metió en el corral y me robó un pantalón, Carlucho.” “Que si me pidió una caja de cigarrillos y echó a correr, Carlucho.” “Que sí yo, Carlucho.” “Que sí, Carlucho.” “Carlucho.” “Carlucho.”»

Trina Josefa llegó al hospital al mismo tiempo que lo hacía pitando una ambulancia. La luz intermitente del vehículo pareció martillar dentro de su cerebro: «Bien muerto está.» «Bien muerto está.» «Bien muerto está.»


un lunes o un martes
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This article was written by:

Roberto Exposito Vierna

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