¿Es usted una persona inteligente?

A pesar de que algunos piensan que “no están de moda los inteligentes”, la inteligencia es una de esas cualidades que todo el mundo desearía tener. Hasta el más hermoso párvulo se adorna con especial distinción cuando los padres dicen: “Y es muy inteligente”. Más preciada se torna la inteligencia cuando reconocemos que su antónimo más común tiene un sabor denigrante: “Qué bruto es… es un animal”.

Es posible decir que desde hace mucho tiempo la inteligencia es una cualidad que distingue muy favorablemente a las personas que la poseen, con independencia de cualquier otra característica que las acompañe. La inteligencia provoca incluso indulgencia hacia muchos defectos. En todos los rincones de la Tierra se reconoce su valor. Y es que la inteligencia, afirmo con Martí, es “el germen escondido del bienestar de un país”.

Pero muy pocas cosas parecen más complicadas de evaluar que la inteligencia, por una sencilla razón que es casi una paradoja: ¿sabemos realmente qué es la inteligencia? ¿Qué es lo que hay que tener para ser inteligente?

La pregunta es difícil de responder, no solo cuando se plantea en el terreno de la ciencia, sino también cuando, en algún local donde nos reunimos con amistades, nos animamos a reflexionar sobre la inteligencia de alguien. Unos dicen que es un don divino, una suerte que el azar pone en el camino de algunas personas. Otros consideran que es una cualidad con la que se nace, pero que necesita ser cultivada mediante el estudio. No faltan los que la consideran una virtud de la vejez y la identifican con la sabiduría. Para muchos, la inteligencia es un arsenal ilimitado de conocimientos al que se llega por el camino de la dedicación.

Popularmente, la inteligencia se asocia con la capacidad de encontrar respuestas rápidas y eficientes a los problemas que se nos plantean en la vida. Se identifica con “tener chispa”, ser una persona con “agilidad mental”. También se considera inteligencia la capacidad que tienen algunos para hacer algo que se percibe como difícil.

Lo cierto es que, una vez que se acepta que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, el próximo paso es considerar que la inteligencia es una capacidad bastante mal distribuida entre los seres humanos, algo así como una especie rara, quizás en extinción. Los inteligentes son los pocos, los diferentes.

Es la excepcionalidad la que define la inteligencia. El criterio parece ser: “Poder hacer algo que los demás no pueden hacer”. La inteligencia, entendida como un discriminante y no como un aglutinante, resulta entonces un concepto no para la socialización, sino para el individualismo.

Sin embargo, todo es relativo. ¿No será también la inteligencia algo relativo? Y si es así, ¿relativa a qué?

Einstein, a los 12 años, ya conocía la geometría de Euclides, pero obtenía bajas puntuaciones en varias asignaturas. La historia registra personas con coeficientes de inteligencia superiores a los 100 puntos, pero nadie recuerda sus nombres ni agradece sus logros. He visto tanta supuesta inteligencia desperdiciada, inteligencia para nada, que no puedo aceptar la idea de que el mero hecho de “tener inteligencia” es sinónimo de ser inteligente.

¿Es inteligente quien dedica su vida a descubrir un líquido que lo disuelva todo, aunque luego no haya dónde conservarlo porque lo disolvería todo? ¿Es inteligente quien usa su inteligencia para generar la destrucción de la vida, es decir, de sí mismo?

Aunque sea menos interesante, lo invito a sumarse a quienes consideran que la inteligencia está bastante bien distribuida entre los seres humanos. En principio, todos somos inteligentes, solo que en cosas diferentes. En cada ser humano hay capacidades que lo hacen útil y necesario para otros, para el desarrollo de la vida misma. Por lo tanto, la inteligencia es, sobre todo, saber para qué somos inteligentes; es decir, en qué nuestras capacidades son más eficientes y representan posibilidades para desarrollar nuevas habilidades.

La inteligencia no puede entenderse más allá de la ética. La excepcionalidad de ciertas capacidades no debe ser un criterio de estar por encima o por debajo, de ser mejor o peor, sino tan solo una manera de ser diferente. La diferencia no nos hace desposeídos o poseedores únicos, no nos hace ni buenos ni malos. La inteligencia no es un crédito definitivo de honestidad, solidaridad o sensibilidad humana.

Escribió Sor Juana Inés: “No es saber, saber hacer / discursos sutiles vanos; / que el saber consiste solo / en elegir lo más sano”. Estar del lado de la bondad, del bienestar, del bien compartido. Poner nuestras capacidades al servicio de la felicidad de los seres humanos. Hacer lo que nos corresponde para el crecimiento de todos. Eso es tener inteligencia. Eso es ser inteligente.

Entonces, pregúntese ahora: ¿es usted una persona inteligente?

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This article was written by:

Jorge Bringuez Linares

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