Aceptar los errores y pedir disculpas nos hace mejores personas

Todos estamos interconectados, por lo tanto, lo que hacemos y cómo lo hacemos, inevitablemente, repercute en nuestras relaciones. Puede suceder que algunas personas se sientan heridas por algo que dijimos o hicimos, sin que nos hayamos dado cuenta de que la expectativa que se tenía sobre nuestra conducta era muy diferente a la forma en que actuamos. ¿Qué hacemos cuando cualquiera de estas cosas ocurre?

Los seres humanos actuamos y muchas veces lo que hacemos hace daño. Ya sea por nuestra falta de conciencia, ignorancia o descuido, los demás pueden verse afectados negativamente por nuestras acciones. Cada vez que tomamos una decisión, alguien es afectado. No hace falta tener la intención de lastimar a otro, sin embargo, podemos hacerlo por accidente o porque la otra persona interpretó nuestras acciones de forma muy diferente a la nuestra.
Si bien hay gente que hace cosas en contra de otros con total alevosía, sabiendo que esa acción les va a causar problemas, hay otras personas que se ven en medio de situaciones que no habían previsto. Un posible escenario es el hacer algo sin tener en cuenta la opinión de los demás involucrados, creyendo que es la única o mejor opción. Veamos un ejemplo: sin consultar con su esposa, Juan decidió vender el auto. Pensó en el bienestar de familia, pero no contó con la opinión de su pareja. Ella sintió que al momento de tomar decisiones, su marido pensó solamente en su propio beneficio. Ella se enojó y él escuchó sus reproches durante varios meses. Juan no quiso hacer daño, su intención pudo haber sido solucionar problemas, pero su actitud causó una respuesta que él no había imaginado.

Cómo se genera un conflicto
Otra situación posible es manejar parámetros muy diferentes a los de las otras personas. Si no compartimos modos de ser, de pensar o valores, lo que puede pasar es que los demás esperen de nosotros lo que nunca prometimos hacer. Cuando en una relación una persona maneja determinadas reglas acerca de las cosas, aprendidas en su cultura o entorno familiar, y la otra persona no sabe qué es importante para el otro, seguramente va a haber bastantes malentendidos, ofensas y reproches. Frases que nos muestran que las personas se manejan desde puntos de vista muy diferentes podrían ser: “Se supone que en casos como este deberías…” “Tendrías que haber hecho….” “Lo más lógico es…”. Las interpretaciones que cada persona le da a las acciones de los demás tienen que ver con su modo de ver las cosas y no con el hecho de que la persona haya actuado bien o mal.

Ya sea que hagamos algo y no nos demos cuenta de las posibles consecuencias, lo hagamos adrede, o simplemente actuemos y los demás nos culpen de algo que para nosotros es normal, lógico o está bien hecho como lo hicimos, se genera un conflicto cuando alguien se siente dañado o lastimado. El gran problema es que todo esto genera emociones que no ayudan en la construcción de relaciones sanas. Cuando se mantienen por mucho tiempo, el enojo se transforma en resentimiento, el dolor en sufrimiento, y la tristeza en angustia profunda. Por otra parte, la culpa que puede surgir en la persona que hizo algo que terminó mal, puede inmovilizarlo para seguir adelante con su vida. La culpa causa sufrimiento crónico, malestar, agobio, enojo volcado hacia uno mismo. En algunos casos la culpa llega a ser torturadora, especialmente si la persona siente que ha trasgredido valores o ha herido sin darse cuenta.
Por eso siempre es necesario aprender a restablecer el equilibrio. Una muy buena manera de hacerlo, es considerar la posibilidad de reparar lo que se ha lastimado. La reparación es una forma sana de colaborar con el orden de la vida. ¿Y cómo se hace esto? El primer paso es pedir perdón.

La importancia de pedir disculpas
Si sentimos culpa por algo que hemos hecho, en lugar de torturarnos, una mejor opción es el considerar el desagravio por lo que se ha causado. Muchas personas llevan durante años cargas innecesarias por no haberse disculpado por cosas que tal vez a los demás no les parecieron tan graves. Germán, a los 45 años, le escribió un mail de disculpas a una mujer de su edad que había sido su compañera de juegos durante la infancia porque cuando eran chicos le había hecho un comentario discriminatorio. Él solo entendió la gravedad de lo que había dicho cuando creció, y durante mucho tiempo no lo pudo soportar. Cuando se animó a hablar con ella y se disculpó, él pudo recuperar una parte de sí mismo que no le había permitido sentirse bien durante demasiado tiempo. Por otra parte, aunque ella ya había olvidado lo que había pasado tanto tiempo atrás, se sintió muy respetada al recibir esas disculpas aún después de varias décadas.

Si sabemos que otros están enojados con nosotros por algo que hicimos, aunque no entendamos por qué el otro interpretó nuestras acciones de ese modo, es bueno tener una conversación con la otra persona, explicarle nuestro punto de vista y pedirle disculpas, tal vez no por lo que hicimos, sino por cualquier daño que ellos hayan sentido que hemos causado. Nosotros no tenemos control sobre cómo los demás perciben las cosas y cómo eligen actuar o reaccionar. Sin embargo, es muy sabio poder decir. “Te pido perdón por cualquier inconveniente, dolor o daño que mis acciones hayan causado. No fue mi intención hacerlo”.

Y si el daño causado es realmente muy grande, además de pedir perdón, es imprescindible ofrecer una reparación. No siempre la reparación va a anular los efectos de lo que ha sucedido, pero si las personas no saben ofrecerla, siempre se sentirán merecedoras de castigo. Con el tiempo el terrible malestar por lo ocurrido se endurecerá y afectará todas la s áreas de su vida. Es imprescindible hacer algo diferente, nuevo, satisfacer las necesidades de las personas afectadas, y evitar el auto martirio estéril esperando algún tipo de castigo.
Por Laura Szmuch. Entrenadora PNL. Coach ontológico modelo transformacional.

HUMILDAD Y MADUREZ
Admitir nuestros errores, o hacernos responsables del resultado de nuestras acciones aunque no sean los que tuvimos en mente, ser lo suficientemente humildes para acercarnos a otro desde el corazón para decir: “Lo siento”, “Discúlpame”, “Te pido perdón” o “¿Qué puedo hacer para reparar este daño?”, evidencian una persona emocionalmente madura, comprometida con la libertad de ir tejiendo relaciones sanas, de abrazar lo que sucede y aceptarlo para poder cambiarlo y mejorar la calidad de vida y de la disponibilidad interna para nutrir buenas relaciones.

Aceptar los errores y pedir disculpas nos hace mejores personas
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This article was written by:

David Queraltó Torres

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