La diosa Mari, en Txindoki
Las creencias religiosas de los vascones y de la población vasca hasta la llegada del cristianismo incluían la creencia en diversas deidades, siendo una de las más importantes la diosa Mari. Esta deidad era un ente femenino que tenía poder sobre las tormentas y sobre la naturaleza (hasta el punto de que en ocasiones se confundía con la diosa madre de la Tierra, Amalur) y que solía ser cruel ante la mentira o el orgullo. Se decía que tenía su principal hogar en las cuevas del monte Amboto, si bien se disponía y se movía entre los distintos montes.
Dice la leyenda que tras varios años sin pasar por el monte Txindoki, la deidad Mari volvió a visitar su hogar en dicha elevación. La llegada de la deidad no fue algo desconocido: un caballo volador en llamas la transportaba, y su llegada venía acompañada de lluvias hasta que la deidad llegaba a sus aposentos.
Un día, una pastora llevó el rebaño de su amo a la falda del monte, para al llegar la tarde reunirlas y volver a casa. Pero al contarlas se dio cuenta de que le faltaba una, temiendo que hubiese subido hasta la cima. Pese al miedo de que la deidad la castigara, la pastora inició el ascenso en búsqueda del animal, al cual encontró a la entrada de una cueva cerca de la cima.
Pero la joven encontró también en ella a la deidad. La diosa se encontraba hilando y procedió a pedirle a la pastora su colaboración en su tarea. A cambio, le prometió que la recompensaría y que un día tendría su propio rebaño. La pastora aceptó y pasó los siguientes siete años aprendiendo no solo a hilar, sino también cosas como el lenguaje de los animales, así como ayudando a la diosa. Tras dicho tiempo, la deidad le dio un enorme trozo de carbón antes de desaparecer. Al salir de dicha cueva, la pastora se dio cuenta de que el carbón había pasado a ser oro, con el cual pudo comprarse su propia casa y rebaño.
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