El camino de convertirse en persona

Heráclito de Éfeso, unos quinientos años antes de nuestra era, dijo: Panta rhei, todo cambia, todo fluye. "Nadie se baña dos veces en el mismo río". La dialéctica es esencialmente cambio. Cambiar es una necesidad de profundo carácter humano. Se cambia siempre, a pesar de las resistencias, del conservadurismo, la complacencia y el creérselo demasiado.

Entre las cosas que ha venido a cambiar, al menos en apariencia, la vida de muchas personas está la computadora. Es difícil abarcar todo lo que ha sido modificado por la aparición de los procesadores personales en la vida cotidiana. Desde la economía doméstica hasta la producción artística y científica, pasando por decenas de áreas, la computadora ha transformado muchas cosas. Los estudiantes modificaron sus excusas para la entrega tardía de deberes. Antes decían: "Tengo lápiz, pero a la pluma se le acabó la tinta". Después: "Se le gastó la cinta a la máquina de escribir". Ahora: "No tuve tiempo de usar la computadora". Lo que no ha cambiado, por cierto, es el incumplimiento.

Los sistemas de comunicación a distancia se han multiplicado en su eficiencia. Las personas ya no envían cartas, ahora envían correos electrónicos. La realidad es real y virtual. En los cibercafés, las entretenidas tertulias de amigos son sustituidas por batallas siderales interoceánicas. En el conjunto de las adicciones han aparecido nuevas "patologías": los “internetadictos” (internetómanos) y aquellos que temen u odian la red (internetófobos).

Muchos cambios han sido para bien, otros para no tanto, y algunos para mal. "La ciencia –decía Tales de Mileto– es tan dañosa para los que no saben aprovecharla como útil para los otros". Por eso es imposible no estar de acuerdo con que el cambio computacional, como todo cambio, no está exento de peligros y, por tanto, necesita llamados de alerta. Hasta las mejores creaciones humanas necesitan miradas críticas constructivas y cuidados. Como dice Marguerite Yourcenar en Alexis o el tratado del inútil combate: "La virtud tiene sus tentaciones, como todo: mucho más peligrosas porque no desconfiamos de ella".

Muchos afirman que, iniciando el siglo XXI, el mundo se ha vuelto definitivamente más interactivo. Esto, en el lenguaje informático-computacional, tiene un significado instrumental y de proceso, pero en muchas escenas de la vida cotidiana significa que los niños están "atados" a los videojuegos, los multimedia, la telemática y los decenas de canales de televisión. Practican el zapping como deporte casero y, sobre todo, se conectan con "otros" a través de la realidad virtual. Elsa Bornemann, en El libro de los chicos enamorados, nos regala, en la ingenuidad de la adolescencia, un probable impacto sentimental del "computacionismo":

Todo de ti me enamora...
¡menos la computadora!
Todo a ir a verte me invita...
¡menos esa maquinita!
...
¿Hace falta que te diga
que siento que me olvidaste?
De tu electrónica amiga
es de quien te enamoraste.

Cuando el objeto, aun conteniendo a la persona, ocupa el lugar del otro, de algún ser humano, no cabe duda de que nos aproximamos a la enajenación. Ya lo decía Chaplin en su alegato cinematográfico en defensa del bienestar y la felicidad humana: "Hemos aumentado nuestra velocidad, pero somos sus esclavos. La mecanización, que proporciona la abundancia, nos ha dejado el deseo. Nuestra ciencia nos ha vuelto cínicos. Nuestra inteligencia nos ha hecho duros y brutales... Pensamos demasiado y no sentimos lo suficiente. Tenemos más necesidad de espíritu humanitario que de mecanización. Más que de inteligencia, tenemos necesidad de amabilidad y gentileza" (Llamado a los hombres, El gran dictador).

El mundo humano al que aspiramos, por naturaleza y esencia, es un mundo interactivo. Pero una interacción entre dos o más personas se establece como una relación. Las relaciones humanas no se refieren a cualquier tipo de vínculo, sino a un vínculo interpersonal donde hay contacto. Sin este, no hay relación porque el contacto implica compromiso emocional, intelectual y actitudinal entre las personas. Supone compromisos, acuerdos, interés mutuo en un objetivo o tarea común, supone encuentro.

La genuina relación humana es un vínculo en el que las personas se conciben como que están o pueden estar en un acto único. Nada puede sustituir el contacto físico, directo, cara a cara entre las personas. Pretender hacerlo es un acto de suicidio existencial.

Entonces, bienvenido el cambio, pero el cambio que supone ascender en el camino de ser más humanos, el camino de convertirse en persona, diría Carl Rogers. Bienvenido el desarrollo de lo que mejora, dignifica y favorece el crecimiento de todos. Asumamos los retos de los nuevos instrumentos en nuestra vida, que nos hacen un poco más libres, pero no a costa de perder la identidad y los más hermosos y genuinos sentimientos.

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Jorge Bringuez Linares

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