La Buena Suerte. Parte II

El Gnomo, Príncipe de la Tierra

El viaje por el reino hasta el Bosque Encantado era largo y les llevó dos días. Así, disponían solo de cinco jornadas para hallar el lugar donde nacería el Trébol Mágico. No había tiempo que perder. A pesar de ello, ambos caballeros decidieron descansar toda la noche antes de empezar la búsqueda. Los dos habían hecho el viaje por separado y no coincidieron en las breves paradas que hicieron para dar de beber a sus respectivos caballos. Así que ninguno sabía en qué lugar del bosque se encontraba el otro.

El Bosque Encantado era un lugar muy oscuro. Oscuro durante el día, pues los inmensos y tupidos árboles apenas permitían a los rayos del sol alcanzar el suelo. Y oscura fue esa noche, fría y silenciosa. Sin embargo, los habitantes del Bosque Encantado ya se habían percatado de la presencia de los nuevos visitantes.

A la mañana siguiente, muy temprano, Nott, decidido a encontrar el trébol, pensó: «El Trébol Mágico nacerá en el suelo. ¿Quién es el que mejor conoce cada palmo de tierra del Bosque Encantado? Muy fácil: el Príncipe de la Tierra, es decir, el Gnomo. El Gnomo vive bajo el suelo y ha construido pasillos y corredores subterráneos por cada uno de los rincones del bosque. ¡Él me dirá dónde nacerá el Trébol Mágico de cuatro hojas!»

Así pues, Nott, el caballero con caballo negro y negra capa, preguntó dónde podía hallar al Gnomo a todos los extraños seres que encontró por su camino, hasta que finalmente dio con él.

—¿Qué quieres? —le preguntó el Gnomo—. Me han dicho que llevas todo el día buscándome.

—Efectivamente —afirmó Nott mientras bajaba de su corcel—. He sabido que dentro de cinco noches nacerá en el bosque el Trébol Mágico de cuatro hojas. Un trébol solamente puede nacer de la tierra, así que tú, Príncipe de la Tierra, debes saber el lugar donde nacerá. Tú eres el único que conoce palmo a palmo este inmenso bosque por debajo del suelo. Tú conoces como nadie todas las raíces de todas las plantas, arbustos y árboles que habitan este bosque. Si el Trébol Mágico de cuatro hojas va a nacer dentro de cinco noches, tú debes haber visto ya sus raíces. Dime dónde está.

—Hummmmm —meditó el Gnomo—. Sabes tan bien como yo —prosiguió Nott— que el Trébol Mágico proporciona suerte ilimitada solamente a los caballeros, así que no tiene ningún valor para ti, que eres un Gnomo, ni para ninguno de los habitantes del Bosque Encantado. Dime dónde nacerá. Sé que tú lo sabes.

El Gnomo respondió: —Ya conozco los poderes del Trébol Mágico de cuatro hojas. Y ya sé que su suerte ilimitada alcanza solo a los caballeros que lo posean... pero no he visto sus raíces en ningún lugar del bosque. Es más, nunca han nacido tréboles en el Bosque Encantado. Es imposible que el trébol nazca aquí. Quien te haya dicho eso te ha engañado.

—¿No serás tú quien me engaña? ¿No le habrás dicho ya al caballero Sid, el caballero con caballo blanco y capa blanca, dónde nacerá el Trébol Mágico? —preguntó desafiante Nott.

—¡No sé de qué me estás hablando! No sé quién es Sid, y no tengo ni idea de quién te ha dicho semejante estupidez. En este bosque nunca ha habido un solo trébol, ni tan siquiera de tres hojas: ¡sencillamente, los tréboles no crecen en este bosque porque no pueden! Así que déjame en paz. Llevo más de ciento cincuenta años viviendo aquí y nunca nadie me había hecho una pregunta tan estúpida. ¡Adiós!

El caballero Nott lo dejó por imposible. «No es la primera vez que me encuentro con alguien que no está a la altura que yo merezco», pensó. Así que se subió a su caballo, dio media vuelta y optó por esperar al día siguiente. Después de todo, tal vez el Gnomo tuviera razón y Merlín se hubiera equivocado de sitio o de fechas.

A medida que se alejaba del Gnomo, montado sobre su caballo negro, Nott experimentó lo que suelen experimentar aquellos a quienes «les dicen» que su suerte no es posible: sintió algo de miedo. Pero lo más fácil era sustituir ese miedo por incredulidad. «Sencillamente, no puede ser.» Eso fue justamente lo que pensó Nott. Por eso, decidió ignorar lo que el Gnomo le había dicho. «Mañana será otro día y quizá la suerte me aguarde en otro lugar», pensó.

La Buena Suerte. Parte II
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This article was written by:

Miguel Angel Garcia Guerrero

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